Desde que me mudé al departamento en el que vivo actualmente, conocí a una de mis tantas vecinas. Una chica divorciada con dos niñas. Treinta y tantos cercanos a los cuarenta. Guapa. A pesar de conocernos, durante un buen tiempo no cruzamos más que algunos saludos de cortesía. -Buenos días, vecina; buenos días, vecino-. Por cosas de la vida, un día, hace cerca de tres meses, terminamos tomando un café y platicando durante un par de horas sobre nuestras vidas. A partir de ahí, nuestra relación pasó de ser cordial a gradualmente más cercana, hasta el pasado fin de semana, en el que ambos bajamos la guardia y abrimos el baúl de los secretos.
Fue un encuentro inesperado y sin expectativas, tal vez, por eso, increíble. Sus hijas con su papá, por tanto ella sin presiones. Platicamos durante horas. Nos contamos a detalle nuestras vidas, ideas, sentimientos, pensamientos y demás. Fui yo quien sacó el tema de la sexualidad y las preferencias, no con un afán de seducción, sino de reafirmación de quién soy o intento ser. Por alguna razón, sentía que debía contarle sobre mis ideas al respecto y, por supuesto, decirle: soy bisexual.
Ésta última fue la palabra mágica. Tan pronto salió de mi boca, ella tuvo una de esas incontrolables respuestas del inconsciente que la llevaron a contestar en automático: ¡yo también! Después de decirlo, su reacción inmediata fue taparse la boca, totalmente sorprendida por sus palabras, y soltar una carcajada que me contagió y nos llevó a reír durante largos minutos.
Le pregunté por qué había dicho tal cosa y me contó su historia: familia católica tradicional y conservadora, ella con inquietudes sexuales y sentimentales hacia otras chicas, pero también hacia otros chicos, y por supuesto, la culpa como elemento represor por excelencia. Antes de casarse, tuvo una relación secreta con una amiga suya. Las dos se veían en casa de ésta última, que normalmente estaba sola, y durante las tardes se besaban, tocaban y lamían sin que nadie tuviera la más pálida idea de lo que hacían.
Tiempo después, sus caminos se separaron y ella se enamoró de un chico con el que se casó, tuvo dos hijas y resultó ser un macho patán y mujeriego que le rompió el corazón.
Después de un rato de plática y algunas copas de vino, me dijo: tú y yo compartimos una realidad y saber tu historia me da una tranquilidad que no sentía desde hace años porque ya no me siento sola, es como si la culpa se fuera a la chingada.
De la historia que siguió, escribiré más adelante. Hoy basta (al menos para mí) reafirmar dos grandes lecciones: 1) no hay casualidades, ella necesitaba conocer mi historia para quitarse un peso de encima; y 2) la vida sin expectativas, es la verdadera vida.
He dicho.

ser bisexual es mas comun de lo que se cree. a toda madre tu blog. sigue posteando.
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